La cerbatana china

Orquídea Fong

Erle Stanley Gardner fue, y sigue siendo, aun fallecido,  un famoso autor estadounidense de novelas policíacas. Es creador del celebérrimo abogado-detective Perry Mason.

En los 60, publicó la novela Murder up my sleeve, titulada en castellano La cerbatana china y publicada en España y América Latina por Editorial Aguilar. (1)  En esta novela nos presenta al también abogado Terry Clane, quien tiene la particularidad de poseer de una capacidad de concentración muy desarrollada, aprendida en un monasterio chino. Usando sus capacidades, Clane ayuda a esclarecer un asesinato cometido con un arma rara y poderosa: una cerbatana de muñeca, de fabricación china.

La acción transcurre en San Francisco y participan tres personajes chinos: el viejo criado de Clane, Yat Toy; Sou Ha, una bella joven hija de Chu Ki, un rico comerciante del barrio chino. Los tres manifiestan su absoluta lealtad y devoción hacia Clane, quien por su respeto y dedicación, ha sabido ganarse su cariño y aprender las costumbres chinas.

Presentamos una selección de fragmentos de esta novela, para invitar al lector a conocerla en su totalidad. Incluimos el prólogo que Gardner realizó para la obra y algunas partes en las que el autor nos ofrece vislumbres de las costumbres y las personas que él conoció y amó.

***

DECLARACIÓN

Los personajes chinos de esta novela son ficticios, pero el fondo no lo es. Toda incorrección que pueda haber será debida a mi falta de habilidad en concentrarme sobre lo que me ha sido enseñado.

Los chinos de cierta cultura rara vez se mezclan con los extranjeros y, sobre todo, se muestran inaccesibles al turista. El gozar del privilegio de la amistad de numerosos chinos de esa clase es una fuente de continua satisfacción. Su lealtad con los amigos, la paciencia con que han perdonado mis infinitos errores, ha creado en mí una impresión imperecedera.

Les resulta difícil comprender una memoria que es menos que fotográfica. Mis torpes esfuerzos por dominar su idioma, mis fallas en la etiqueta china, deben haber provocado su risa y embarazo. Que yo nunca haya observado en ellos ninguna muestra de eso, es un detalle de su innata cortesía.

Por si alguno de los detalles de este libro resulta exagerado, debo decir que fue un chino quien me explicó largamente todo cuanto hace referencia con la concentración; y que los mejores amigos que he tenido eran también chinos.

China es una gran nación. Sus súbditos comprenden numerosas clases sociales. Mucho se ha escrito sobre las más accesibles clases bajas; demasiado poco de las clases elevadas, de los aristócratas, que profesan una verdadera veneración por los profesores y sabios. No soy novelista. Ojalá lo fuese. Pero si algún lector considera exagerado el ambiente chino que se describe en mi libro, debo declarar he conocido las contrafiguras de los personajes descritos. He tenido amigos chinos que sin vacilar han arriesgado por mí sus vidas. A ellos les debo el más fascinador de los sistemas de disciplina mental, y en estas líneas reconozco mi deuda con ellos.

                                                                                                                                             E.S.G

****                     ***                                       ***                                       ***                                       ***

(En la oficina del fiscal, adonde Clane ha sido citado a declarar  luego del asesinato de Jacob Mandra, cometido con una cerbatana china).

(El fiscal lee un informe acerca de Terrence Clane).

(…) “Las investigaciones realizadas en China indican que durante el tiempo que duró su alejamiento de la civilización, ingresó en un monasterio chino, como neófito, a fin de conseguir llegar hasta las ruinas de un  templo donde se guardaban gran número de piedras preciosas. Sus profesores le consideraban un alumno muy capacitado. Se dice que había terminado ya sus prácticas religiosas cuando un incidente le obligó a huir a la costa”.

   El fiscal se disponía a leer el contenido de la segunda hoja, pero se contuvo, diciendo:

  —Creo que he leído ya bastante para hacerle comprender lo enterado que estoy de todo.

  —Parece increíble—comentó Terry.

  —Tengo  motivos para creer que el informe es exacto, señor Clane.

   Terry movió la cabeza. Sus ojos expresaban diversión.

   —No  llegué a completar mi entrenamiento religioso—dijo–. No pasé de simple neófito. A lo máximo que llegué fue a cuatro segundos y medio de concentración. Mis maestros…

   — ¡Cuatro   segundos y medio!—exclamó el fiscal–. Querrá usted decir horas. A veces, señor Clane, me enfrasco de tal manera en el estudio de un problema, que pierdo toda la noción del tiempo.

   Terry percibió una nota de irritación en la voz del fiscal. Era evidente que deseaba volver al tema que más le importaba, aunque el mismo tiempo era indudable que se enorgullecía de su capacidad de concentración. Disgustado por haber hecho tan bien el juego del fiscal, permitiéndole presentar el informe escrito, leído de forma que le produjera cierta vaga inquietud. Terry sacó un lápiz y apoyó la punta sobre la mesa.

  —Usted creyó que se concentraba—dijo Clane—. En realidad solo tenía ocupada una pequeñísima parte de sus poderes mentales. Por ejemplo, concéntrese dos segundos sobre la punta de este lápiz.

  Dixon fue a decir algo, luego frunció el ceño y miró la punta del lápiz.

   —Ahora supongo que deseará usted que le describa la punta de ese lápiz, ¿no?—preguntó, mientras Terry lo guardaba—. Bien, la mina es algo más blanda de lo corriente. Hay un pequeño punto…

   —Perdóneme—le interrumpió Terry—- ¿Qué estaba yo haciendo con la mano izquierda mientras usted se concentraba en el lápiz que sostenía con la derecha?

   —La tenía usted metida en el bolsillo izquierdo—afirmó Dixon.

   Terry sonrió.

   —En China—dijo con gran amabilidad—, se supone que la persona que  concentra todas sus facultades mentales en la punta de un lápiz, no puede fijarse en nada más. Le aseguro señor Dixon, que no es una cosa fácil (…)

   (…) — ¿Conoce usted a Jacob Mandra, el financiero?—preguntó.

   —Lo he  visto.

   — ¿Le conoció antes de marchar a China?

   Terry se esforzaba por mantener una inflexible frialdad, como barrera que no pudiera ser franqueada por el fiscal.

   —No. Le visité después de mi regreso a fin de comprobar una opinión que me había formado.

   —Me escribió, pidiéndome que le buscara determinado objeto por el me ofrecía una generosa remuneración.

   — ¿Qué objeto era ese?

   —Prefiero que se lo pregunte usted al mismo señor Mandra.

   —Desgraciadamente eso es imposible.

   —Imposible es una palabra muy definitiva.

   El fiscal hizo como que no oía el comentario.

   — ¿Era por casualidad una cerbatana de muñeca?

   Después de algunos segundos de vacilación, Terry contestó:

   —Sí, eso era.

   — ¿Qué clase de arma es esa?

   —Un tubo de bambú conteniendo un potente muelle y un tope que es soltado por una presión. Dentro de la cerbatana se coloca una flechita de metal. El muelle se comprime hasta el máximo, siendo retenido por el tope. La cerbatana mide unos veinticinco centímetros de largo. Se lleva atada al antebrazo y oculta por la amplia manga de un traje chino. Al apoyar el antebrazo sobre una mesa se acciona el disparador y la flecha es disparada.

   — ¿Es un arma mortífera?

   —Mucho.

   —Quiero decir si puede matar a un hombre.

   —Con ese fin se construyen.

   ***                    ******                          *****                      ************

   Terry Clane se detuvo en la acera, frente al edifico en el cual tenía Dixon su oficina. Aparentemente lo hizo para encender un cigarrillo.

   De pie allí, con la cerilla protegida por sus manos, aspiró hondo y colocó el problema de la muerte de Mandra en el primer lugar de sus pensamientos. Luego, utilizando el método de concentración aprendido en Oriente, enfocó toda su fuerza cerebral sobre aquel punto.

   El ruido del tráfico se fue debilitando en sus oídos hasta apagarse por completo. Las figuras de los transeúntes, el río de coches, todo desapareció ante sus ojos, quedando tan solo la llama de la cerilla.

   Durante el espacio de tiempo que tardó la llama en descender hasta sus dedos, Terry Clane permaneció concentrado.

*****                                                                 ********                                                         *******

   Donde la calle Stockton, de San Francisco, sale de la parte norte del túnel, se convierte en una parte de China, como si hubiera salido en el centro del Celeste Imperio.

   Tiendas de objetos chinos, escaparates llenos de raras muestras del arte oriental, todo se ofrece a la curiosidad del turista. Rozándose con sus elegantes vecinas, se ven pequeñas tiendas dedicadas al comercio con los compradores chinos. Allá pueden encontrarse extrañas drogas de Oriente, astas de ciervo cortadas en rodajas, que sirven para dar fuerza y valor, gen-ts’en para hacer sangre, si uno se abstiene de comer verduras durante el tratamiento. En  las esquinas se ven puestos al aire libre donde pueden comprarse golosinas chinas, langostinos secos, azúcar de arce.

   Detrás de los iluminados escaparates se hallan las rebosantes viviendas donde los chinos se agitan como atareadas abejas. Cuando un pueblo ha vivido durante generaciones en unas ciudades donde el espacio es sumamente valioso, y ha aprendido a ser feliz viviendo como sardinas en lata, semejante existencia se convierte en una costumbre que sigue cuando se podría vivir con más amplitud.

   Allí se ven puertas normales, que jamás se abrirían a ningún blanco; largos tramos de escaleras que conducen a pasillos llenos de puertas, que dan la sensación de amplio espacio y amor a la vida privada. Pero dichas puertas se abren a habitaciones comunes, en las que viven numerosas familias en armoniosa congestión imposible de comprender por los cerebros occidentales (…)

  (…) Terry pulsó un botón. Del interior llegó el repiqueteo de un timbre. Un momento después, un criado chino, de arrugado rostro, le miró inexpresivamente, haciéndose después a un lado. Terry entró en un recibidor alfombrado lujosamente, torció a la izquierda y atravesó luego una cortina.

Chu Ki estaba demasiado imbuido de supersticiones orientales para ocupar ninguna habitación en la que una puerta quedase en línea recta con la ventana, o en la cual dos puertas quedaran frente a frente. Y para asegurarse aún más, había hecho colocar un biombo en el interior, velando la puerta.

   Porque es un hecho reconocido por todos que esos espíritus sueltos y deshonrados, conocidos por el nombre de “Fantasmas sin Hogar”, destinados a vagar por las nieblas del más allá, solo pueden avanzar en línea recta. Semejantes fantasmas no pueden cruzar un puente en zigzag, ni salvar un biombo. Además, tampoco pueden levantar del suelo sus pesados pies para salvar un reborde de veinte centímetros, en un oscuro corredor.

   Chu Ki era un hombre lo bastante  inteligente para comprender lo acertados que estaban los occidentales al burlarse de tales creencias; pero amaba demasiado las costumbres de su raza para olvidar ninguna de las tradicionales precauciones.

   Cuando Chu Ki vio a Terry, se quitó gravemente las gafas con montura de concha, con cuya acción concedió a Terry el honor de dejar a un lado su sabiduría de años, reconociendo así la sabiduría del joven.

Terry unió sus manos y las agitó frente a él, en el saludo chino.

   —Como el sol calienta las moribundas hojas de otoño, así tu visita da nueva vida a mi corazón—declaró Chu Ki en cantonés.

   En el mismo idioma, Terry respondió:

   —Yo he sido quien ha venido en busca del vivificador sol de tu gran sabiduría (…)

   (…) Chu Ki hizo sonar un batintín. Descorrióse un entrepaño de la pared y apareció el impasible rostro de un criado. Chu Ki musitó el nombre de su hija. En el entrepaño se cerró. Un momento después abrióse una puerta.

   El nombre de una hija china representa la imagen que dicha hija recuerda a su padre. Sou Ha, traducido a nuestro idioma, representa, aproximadamente: “Halo Bordado”.

   Terry se puso en pie mientras la joven, delicada como el pétalo de una flor y fresca como una aurora en las montañas, entraba en la estancia. Tenía los ojos negros como la obsidiana húmeda, y miró interrogadoramente al visitante. Los labios que le sonrieron habían sido coloreados con carmín.

   — ¿Por qué la llamada oficial? Si me he retrasado un poco ha sido porque deseaba hacerme más bella.

   —Purificadora de lirios, pintora de rosas, ¿quieres perfeccionar la perfección?—acusó Terry.

   La joven echóse a reír y su risa era como tintineo de las campanillas que cuelgan de una linterna china agitada por el viento.

   Chu Ki cortó las efusiones de ambos jóvenes.

   Sin pronunciar una palabra, con la simple dignidad de un ademán, puso de manifiesto la prerrogativa de su edad y dominó la conversación.

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Faltaban diez minutos para el mediodía cuando Yat Toy se acercó silenciosamente a Terry Clane.

Éste se hallaba tendido en un sillón de mimbre, tomando el sol, y levantó la tira de tela que protegía sus  ojos. La apergaminada piel de Yat Toy, cruzada  por innumerables arrugas, colgaba fláccida de las mejillas y se extendía tirante en la frente. La edad había reducido su estatura hasta el punto de que apenas medía algo más de un metro y medio. Sin embargo, sus brillantes ojos no perdían el menor detalle.

   — ¿Qué ocurre?—preguntó Clane.

   —El  hombre de la epidermis quemada por el sol y los ojos pálidos, cuyo nombre se enreda en mi lengua, te espera—dijo en cantonés—. Es el hombre que habla siempre de caballos y de dinero.

   —Será Levering—dijo Clane en inglés—. Dile que aguarde un momento. No vendría a esta hora, Yat Toy, a menos que necesitase algo. El hacerle esperar un poco le hará bien—y para ilustrar su punto de vista, citó el proverbio chino de que cuanto más se cuece la carne,  más tierna está.

   Yat Toy no sonrió, pero cierto suavizamiento en las líneas de su boca indicó que comprendía perfectamente.

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