Poesía japonesa contemporánea

El 6 de Agosto

Sankichi Toogue (1917-1953)

Hiroshima y Nagasaki

 

El 6 de agosto de 1945, durante la II Guerra Mundial, el presidente norteamericano, Harry Truman, lanzó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el primer ataque atómico de la historia. Se ha dicho que Truman no podía esperar más para probar “su” bomba y decidió el ataque aún cuando Japón ya estaba derrotado.

 

La bomba llevaba el cariñoso nombre de “Little Boy”. El 9 de agosto fue lanzada la bomba “Fat Man”, sobre la ciudad de Nagasaki.

 

Cada 6 de agosto, alrededor del mundo, se recuerda este brutal hecho, que se yergue con todo su horror por encima de las atrocidades cometidas durante la guerra.

 

Este poema fue escrito por un sobreviviente de Hiroshima, Sankichi Toogue, quien dirigió la Asociación de Poetas Víctimas de Hiroshima.

 

Este  poema fue publicado originalmente en el libro Poemas de la Bomba Atómica, pero la presente versión pertenece al volumen Antología de la poesía contemporánea del Japón (1925-1960),  Material de Lectura # 86, Serie Poesía Moderna, UNAM.

Traducción: Atsuko Tanabe y Sergio Mondragón.

¡Cómo podremos olvidar aquella centella!
En un instante los 30 mil en las calles desaparecieron

En el fondo de las tinieblas, aplastados
los gritos de los 50 mil cesaron.

Cuando el humo huracanado y amarillo se desvaneció
los edificios estaban rajados, los puentes derretidos
los trenes llenos de gente quedaron chamuscados
vasto páramo de escombros Hiroshima.

Con pieles colgando como tiras viejas
con las manos en su pecho
pisando líquido encefálico
vistiendo pedazos de tela quemada en sus caderas
lloraban hombres y mujeres desnudos caminando en procesión.
Cadáveres como budas de piedra, dispersos en el jardín de una escuela.

La muchedumbre se agolpó a la orilla del río,
luego trepó a las balsas,
y se convirtió en una pila de cadáveres bajo el sol abrasador.

En medio de las llamas que se levantaban en el cielo
crepuscular
los barrios donde vivían mi madre y mis hermanos,
aplastados vivos,
fueron cubiertos por el fuego
en un lugar llenos de excrementos
muchachas escolares estaban tiradas;
los vientres hinchados, los ojos arrancados, las cabezas sin
pelo, los cuerpos descuartizados.
El sol matutino alumbró a una masa anónima apiñada.

Nadie se movía.

En el estancamiento del hedor
se oía solo el zumbido de las moscas.

¡Cómo podremos olvidar aquel silencio
que caía en la ciudad de 300 mil habitantes!

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