HARUKI MURAKAMI. El retrato de la contradicción

Por Álvaro Fong Varela

Me estaba preguntando qué diablos le había visto a la portada de ese libro.

Me encontraba tratando de matar un poco de tiempo en una de las calles de la colonia Polanco en la Ciudad de México. Me metí a una librería que tal vez haya pasado de frente unas 40 veces. Pero esa vez todo fue diferente. Me metí a la librería. Sólo tenía 120 pesos para gastar y decidí, por primera vez en mucho tiempo, que esa ocasión no me gastaría mi dinero en discos de heavy metal, sino en un libro. ¿Pero, qué libro?

Siempre me pasa lo mismo. Apenas la punta de uno de mis pies entra a una librería, mi personalidad se trastoca. Como que surge otro yo que sólo se manifiesta rodeado de libros, y como guiado por una mano divina, empieza a guiarme por los pasillos hasta encontrar alguna novela que me atrape, que me haga olvidarme de mi mundo y sumergirme en el suyo, al menos en lo que duran los trayectos de metro, trolebús y microbús a diario tomo para llegar a mi trabajo.

 

Así, sin preguntarle a nadie, he descubierto a Jorge Volpi, Santiago Fernández, Xavier Velasco, Vicente Leñero, Juan Carlos Onetti, Laura Restrepo, Javier Marías, Santiago Roncagliolo y Rafael Ramírez Heredia. Sólo autores en castellano.

Me decía un consumidor de letras hispanas. Lo decía orgullosamente. Hasta ese día en la librería de Polanco. Bastó la foto de una esbelta mujer de espaldas, con un aire sesentero y con los dedos cruzados, para que me decidiera a gastar mis 120 pesos.

 

– Buenos días, señorita. ¿Qué precio tiene este libro?

– 119, señor.

“Vaya”, me dije para mis adentros. “Justo lo que tengo. Bueno me sobra un peso. Pero si me quedo sin dinero y luego no me pagan en la fecha que me prometieron, esto va a valer queso…”

– Me lo llevo, señorita.

– ¿Le gusta Murakami?

– Ehh, sí, claro.

“¿Quién será Harumaki?”, salí de la librería pensando. Apresuré el paso, sin saber que a partir de esa semana, tendría mucho más tiempo para sumergirme en mis mundos alternos de lectura. Me despidieron unos días después.

Caminé 20 minutos y llegué al trabajo. Siempre he sido un tanto obsesivo con recordar exactamente lo que me dicen los extraños. La mirada de la señora de la librería tenía una mezcla de complicidad y altanería. ¿Me habrá preguntado si me gustaba Masaruki porque pensó que yo era in ignorante que nada sabía del tema o por qué el libro que acababa de comprar era pura basura?

Una vez llegada la hora de la comida en el trabajo, decidí abrir la bolsa de lo que acababa de comprar. Descubrí que era un autor japonés llamado Haruki Murakami y la novela que acababa de comprar se llamaba “Tokio Blues”, aunque después fui descubriendo que su título original era “Norwegian Wood”. Me tarde 4 días en terminarla y ahí empezó mi adicción.

Siguieron “Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol”, “Sputnik mi amor”, “Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo”, “Kafka en la Orilla”, After Dark” y “Sauce Ciego, Mujer Dormida”. Me las habré leído en un lapso de 3 meses, y eso para mí, es leer mucho.

A la mitad del primer libro me entró una sensación de angustia. “¿No estaré leyendo al Corín Tellado de Japón? ¿No me estaré rebajando de mis gustos subjetivamente exquisitos, dictados por quién es el ganador anual del Premio Alfaguara de Novela? ¿No me…? ¿Por qué no te callas y disfrutas?” Una vez librada la batalla con mi ego, lo disfruté y mucho.

Conocí Japón a través de sus ojos y de sus palabras. Descubrí que la contradicción no es una constante de las sociedades occidentales, sino de los seres humanos. Descubrí que el amor todavía puede ser un tema para desarrollar historias y en donde los personajes no tienen por qué ser blancos o negros; más bien todos debe ser sumamente grises y permitirse tener algunos momentos de destello en su vida. Pero sólo algunos. En la ficción de Murakami, los personajes que sufren y que aman son la constante. Seres humanos tan contradictorios que nos hacen llegar al extremo del espanto y preguntarnos a nosotros mismos si alguien como ellos no vive en nuestro interior.

Leí a Murakami con desenfado y soltura. Además de un embelesamiento literario, con lo que siempre me quedé cada vez que terminaba de leer un libro suyo, era con una sensación de melancolía que me duraba 4 días, una vez que concluía la última hoja. Hasta ahora no me atrevo a leer de nuevo uno de sus libros que ya han pasado por mis manos. No me atrevo, de veras. Me da miedo volver a sentir la angustia de una mujer fuera de sus cabales, mientras el amigo-enamorado la procura una y otra vez, para terminar haciendo el amor con la chica que la cuida en la casa para enfermos mentales. Me da miedo la sensación que tiene la chica que ve desaparecida a su mejor amiga-protegida-novia en una isla griega. Me da miedo volver a internarme en uno de sus mundos y que éste tenga que acabar.

Pero de todas maneras, seguro un día lo volveré a hacer. Para ello tendré que recuperar los libros de Murakami que he regalado. De hecho los he regalado todos. Murakami ante mis amistades me hace quedar como el que lee lo que está de moda, sin rebajarse a una ficción del tipo de Dan Brown o J.K. Rowling. Murakami está de moda, pero ha logrado tocar el corazón de mucha gente.

Gracias a Murakami he abierto mi mente al oriente, literariamente hablando. Ahora mi corazón está de par en par para Banana Yoshimoto, Gao Xingjian y Qiu Xiaolong. No sé todavía cuándo repetiré alguna de las novelas de Murakami. Me tienta más que nada “Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol”, pero la angustia me quema por dentro. Aunque puedo acompañarla con un vaso de agua.

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