LENG´TCHE (II) El Otoño en Pekín

Antonio Ambriz-Avendaño

(A Liu Xia y Liu Xiaobo, con solidario fervor)

JUSTO cuando las hojas comienzan a caer, del mismo modo “la vieja manera de pensar del gobierno chino”, (Dalai Lama dixit)… o ESO quisiéramos… Las estructuras crujen desde su interior, sólo que su trémula resonancia sólo se escucha desde fuera de la Gran Muralla.

El reciente otorgamiento del Nobel de la Paz 2010 al disidente encarcelado representa una bofetada al sistema y al stablishment  gubernamental chino. Tan así es, que baste solo ver la airada reacción oficial, que  califica de “obscena” la designación y  ha llamado  a consultas a su embajador en Noruega.

Y, justo es este tiempo, que la milenaria China sondea la luna, que su economía crece a ritmo vertiginoso, que se contempla con oprobio la tara que lastra su progreso como nación armónica: Su intolerancia y negación de los derechos humanos.

Negar el factor humano no es propio de una cultura milenaria, rica y antiquísima de tradiciones y generadora de afectos y pasiones, a la vez que origen del pensamiento inclinado a la búsqueda del origen de las ideas y la última esencia del pensamiento.

No obstante, la reacción de las autoridades habla del tambaleo que sufren sus estructuras, a la vez que el júbilo generalizado del pueblo por el galardón, es muestra patente del ocaso de “la vieja manera de pensar”. Evidente es, pues, el alba de una Nueva Revolución Cultural; no de una de exterminio, sino de la que verdaderamente transforme, de fondo y forma, la vida de un pueblo cuya constante histórica ha sido la opresión y el sufrimiento.

Teniendo la China milenaria toda la fuerza que su pensamiento le concede, se hace imperativo el salto hacia su liberación verdadera: la de su ser interior. Que rebase al imperio y al imperialismo que se ha auto-impuesto y se vaya más allá del pretendido “Gran Salto Adelante” anterior.

Si nos atenemos a las concepciones dialécticas, la antigua forma de pensamiento, que dio origen a la primera revolución cultural, ha sido la génesis de la actual nueva-vieja forma de pensamiento, y en sus contradicciones internas, ha generado las condiciones propicias para el cambio urgente, impostergable.

El Poder del Estado, esa entelequia tornada en dogma, se ha visto seriamente amenazado por quien o quienes le desafían abiertamente. Entiéndase como desafío la exigencia de apertura y de libertades elementales para sus ciudadanos, Tan así es, que se opta por el encarcelamiento y el destierro (en el mejor de los casos) para quienes piden lo mínimo que el estado debe garantizar a sus gentes: L          a Libertad.

El “Poder del Estado” no puede existir sin la libertad. Sin el juicio de sus ciudadanos para decidir los destinos de una nación no es posible un rumbo cierto. Sin libertad no hay rumbo; tan sólo un éxtasis autocomplaciente que nubla el camino del progreso de una nación.

La China (y finalmente, ninguna nación) no merece tal. Desde el absurdo, pareciera que así debe ser. El empecinamiento oficial es verdaderamente, lo que raya en lo obsceno con que ellos califican la lucha no-violenta de uno de sus nacionales en pro de los derechos humanos. Tal parece que fatalmente, se sigue aplicando de manera sistemática e inexorable una suerte de Leng-Tché al espíritu chino; que, en la mirada del supliciado agonizante sin fin,  sella su destino de irrevocable postergación casi beckettiana (en su espera de un imaginario Godot liberador).

Así, uno tras otro, un corte más al supliciado, que sangra en su pueblo y muere su libertad. Pero el opio ya no basta para mantener adormecido al condenado, que a poco despierta su conciencia… y no olvida.

Por si faltase algo, ahora la esposa del luchador sufre también la persecución del aparato. Y al momento de redactar estas líneas, la amenaza de prisión es seria.

Que para el momento de esta publicación se haya reconocido el esfuerzo internacional por la liberación de Liu Xiaobo. Que la China milenaria no deconstruya su realidad eliminando libertades. Que el país acepte con honor el galardón a uno de sus hijos.

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