Sputnik, mi amor

Un universo de dobleces

Erika Oliva

 “Aquella mujer amaba a Sumire. Pero no podía sentir por ella deseo sexual. Sumire amaba a aquella mujer y además, la deseaba. Yo amaba a Sumire y la deseaba. Sumire me quería, pero no me amaba ni me deseaba. Yo podía sentir deseo por otras mujeres sin nombre, pero no las amaba. Era todo muy complicado.”

Muchos críticos concuerdan  al afirmar que Sputnik, mi amor es una novela por debajo de los otros trabajos de Haruki Murakami, que tiene altibajos y  se desprende en una serie de eventos  de ficción que únicamente sirven para reavivar la narrativa cada que se vuelve tediosa. Algunos otros creen que es una buena  historia muy  bien resuelta, un trabajo  reflexivo sobre la naturaleza de la vida y el mundo.

Las dos posturas tienen su parte de verdad, todo depende del enfoque. Precisamente se crea la controversia debido a que la novela está escrita exactamente para ser,  por un lado, una historia de amor que cae en algunos altibajos y resuelve la trama de manera injustificada y fantasiosa, y por el otro, una obra  con  fuerte carga de  contenido onírico y simbólico que  reflexiona (casi filosóficamente) sobre el ser humano.

Sumire, una joven cuyo máximo anhelo es el de convertirse en escritora, conoce  un día  a Myû, una mujer casada  diecisiete años mayor que  ella y de la cual no puede evitar enamorarse violentamente. El narrador de la historia es “K”, un joven maestro, mejor amigo de Sumire que cabe aclarar, está  perdidamente enamorado de ella.

La narrativa vista por fuera es sumamente sencilla. Murakami trabaja sobre la línea que separa lo real de lo onírico, saltando de un lado a otro sin temor alguno. Los diálogos, fácilmente podrían compararse con el script de alguna de esas películas de art nouveau que a todo el mundo gustan, y la redacción, de principios ligeros, ahonda en la descripción de los sonidos y la musicalidad. Es importante leer y escuchar.

Es imprescindible, después,  comprender que (en un nivel más profundo), la historia de amor  es un  mero marco para un análisis complejo de la existencia y los sentimientos, en la que los personajes, a manera de ondas  satelitales,  no son más que una proyección de ellos mismos a través de la percepción de otros.

La división y la lucha de opuestos (que es una de las leyes fundamentales del mundo real), es básica para comprender muchos de los giros que de primera instancia, parecieran no tener sentido.

Tan complejo como afirmar que el ser humano es capaz de desdoblarse en un opuesto, Murakami utiliza la figura del doppelgänger como clave  para la comprensión de una unidad existencial.

Una persona no puede ser uno mismo sin su contrario, una persona no puede ser uno mismo si no tiene la capacidad de convertirse en su opuesto partiendo de interior.

La leyenda dice que cada persona tiene un doble opuesto en una dimensión paralela. Ese doble está a salvo detrás del espejo en donde (relativamente) no puede causar daño, y sin embargo, lo que se deja ver es que, ese uno mismo malvado no es otra cosa que una posibilidad latente de nuestra personalidad.

La posibilidad  permite definir a los personajes por aquello que son y no son. Una naranja  no es una manzana o un limón. Las cualidades de un ser humano conforman su forma de ser y sus sentimientos.

El amor de pareja y la pasión parecieran ser indivisibles. Murakami aprovecha la disociación para comprender que aunque individuales, un sentimiento sin el otro,  lleva a una sensación de vacío, de desolación y de alienación, o sea, existencia sin vida. Una persona no puede ser sin su reflejo en otra. Un satélite no sirve de nada si la señal no se recibe.

Todo es tan fácil (o tan difícil) como poder comprender la diferencia entre signo y símbolo: no son iguales, pero uno no puede existir sin el otro.

Los signos se reconocen primordialmente por lo sensorial, y son comprendidos tanto por humanos como por animales. Un símbolo es una creación del hombre y  únicamente entendida por él, y que a su vez, está compuesto de signos. Un símbolo se entiende mediante la percepción, el símbolo necesita de un proceso humano de asociación de ideas.

Al final de cuentas lo que tiende el puente de separación y que marca la diferencia es la mente humana. Así es como separa la pasión sexual del  amor,  el bien del mal, el alma del cuerpo, lo real de lo ilusorio.

El lector tendrá la última palabra, la bella historia de amor vale mucho la pena, los personajes son entrañables mientras que los paisajes y los sonidos no tienen comparación.

Quien quiera cruzar la línea de lo real para  adentrarse en el espejo, deberá armarse de todo su poder de racionalización, y entender de principio que caer en la trampa, llevará sin duda a una mirada introspectiva de la humanidad que nos obliga a continuar, sin importar lo que dejemos en el camino, para llegar a la conclusión ineludible de que cuando te disparan, sangras.

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